Regionales

Trina Miguelina Marcano, una mujer para recordar

Por Virgilio Ávila Vivas

La verdadera dimensión de ciertas personas está en el afecto que sembraron y cosecharon entre la gente, más allá de los cargos que ocuparon. Tal es el caso de Trina Miguelina Marcano, cuya vida estuvo y sigue vinculada a Pampatar. Su figura está ligada a la política, al turismo, a la gastronomía y, sobre todo, a una extraordinaria capacidad para querer y servir a su gente.

Cada vez que se enteraba de que yo llegaba a Margarita, una de sus primeras llamadas era para invitarme a almorzar. Muchas veces ese almuerzo era alrededor de su célebre pastel de chucho, acompañados por familiares y amigos y, en algunas ocasiones, por el obispo de Margarita. Para Trina, recibir a alguien en su mesa era una expresión natural de cariño.

Siempre la visitaba en su casa de la urbanización Jorge Coll. Allí me recibía con sus hijas y con el mismo afecto de toda la vida. Algunas de ellas, María, Argelis y Nancy, son hoy guardianas de la memoria y del legado de su madre. En esa casa permanecía vivo el espíritu de una mujer que hizo de la hospitalidad una forma de vida.

Trina había tenido en Pampatar un excelente restaurante llamado Trimar y fue también una de las primeras personas que ofrecieron casas para recibir a los visitantes de la isla. En aquellos años Margarita todavía tenía una economía fundamentalmente vinculada a la pesca y a sus actividades tradicionales. Ella supo comprender tempranamente las posibilidades que tenía el turismo y contribuyó, desde Pampatar, a ese comienzo.

Su nombre forma parte también de la historia gastronómica de Nueva Esparta. Aquella Margarita tenía sus grandes cocineros y lugares de encuentro: Mano Gacho, Chica Guerra, Cachicato; la célebre langosta preparada por Dorila en El Tirano; Rómulo Castillo y otros nombres que fueron construyendo la tradición culinaria de la isla.

En esa memoria gastronómica ocupa también un lugar especial el restaurante del antiguo Hotel Plaza, propiedad del señor César Romero, que recuerdo desde 1958. Allí se comía, para muchos, la mejor langosta de Margarita. Aquel hotel formó parte de una Porlamar que fue cambiando con el paso de los años y terminó siendo demolido para dar paso a la avenida 4 de Mayo, una de las principales arterias comerciales de la ciudad. Recordarlo es evocar una época en la que los restaurantes, sus anfitriones y sus sabores eran parte esencial de la vida social margariteña.

Más adelante, ya en una generación más joven, estarían Esther, en Pedro González, y los Hermanos Moya, quienes también se nutrieron de ese conocimiento y de ese legado gastronómico.

La cocina margariteña era entonces mucho más que una receta. Era una tradición familiar, una manera de recibir y una forma de preservar la identidad de la isla. Trina fue una de sus generosas transmisorasde nuestros saberes y sabores.

También fue una mujer de política. Militante y fundadora de Acción Democrática, fue concejal durante muchos años y llegó a presidir el Concejo Municipal de Maneiro. Pero lo más notable de su actividad política era que sus convicciones no le impedían relacionarse con quienes pensaban distinto.

Era adeca y, al mismo tiempo, amiga de urredistas, copeyanos e independientes. Fue amiga de Luis Beltrán Prieto Figueroa, de Jóvito Villalba y de Rómulo Betancourt. Y tuvo una especial admiración y cariño por el presidente Carlos Andrés Pérez.

En una Margarita donde las diferencias políticas podían sentirse hasta en las relaciones familiares, Trina tenía los brazos abiertos para todos. No hacía de la política una barrera. Su liderazgo era natural y su autoridad provenía de la confianza que había ganado entre la gente.

Uno de mis últimos encuentros con ella ocurrió en Guayacán, esa hermosa playa situada entre Manzanillo y Pedro González. Allí tenía un hermano y allí se habían establecido familias provenientes de Pampatar, encabezadas por don Pragedes Acosta. Fui con mi familia a compartir con ella, unos meses antes de su fallecimiento.
[19/10/2026 7:56 a. m.] Jelianny López: Guayacán pertenece a la memoria de aquella Margarita de otros tiempos. Por allí llegaban embarcaciones que traían mercancías de contrabando: whisky, alcoholado puertorriqueño, quesos de bola holandeses, ropa y otros productos que después se distribuían por los pueblos de la isla.

De aquella actividad quedó incluso una expresión que todavía recuerdo: “Tráeme un pantalón de Guayacán”. Era un blue jean, pero el nombre del lugar terminó identificando popularmente la prenda. Así quedó incorporado Guayacán al lenguaje cotidiano de los margariteños e incluso de los cumaneses.

Trina ya estaba un poco quebrantada de salud cuando estuvimos allí, pero conservaba intactos su cariño y su alegría de compartir. Poco después, uno de sus hermanos le ofreció un almuerzo que terminó siendo prácticamente un homenaje a su vida. Allí estaban su familia, sus amigos y los recuerdos de una mujer que había dejado una huella profunda en Maneiro y en toda Nueva Esparta.

Cuando recuerdo a Trina Miguelina, pienso en sus llamadas cuando llegaba a Margarita, en su casa de Jorge Coll, en sus hijas y en aquellos almuerzos que eran siempre una celebración de la amistad.

Fue una política con convicciones, pero sin fronteras humanas. Una mujer que supo convivir con todos los colores políticos y mantener abiertas las puertas de su casa y de su corazón.

Ese es el recuerdo que quiero dejar de Trina Miguelina Marcano: el de una mujer profundamente margariteña, solidaria, generosa y leal, cuya vida estuvo marcada por el servicio, la amistad y el amor por su tierra.

Nueva Esparta tuvo en ella a una gran servidora pública. Quienes tuvimos su amistad tuvimos, además, el privilegio de conocer a una mujer verdaderamente inolvidable.